Blogia
Corazon de segunda mano

Que sea el principio y no el fin.

Que sea el principio y no el fin.

No llegó a conocer a su abuelo, porque falleció cuando tenía solo tres años. Ni siquiera guardaba recuerdos de él. Decían que fue un hombre recto y disciplinado, que se dedicó a trabajar en la agricultura. No fue un terrateniente, pero tampoco un pequeño agricultor, tenía algunas tierras, un par de trabajadores contratados, y le gustaba ir desde casa montado a caballo. Su madre le contó que su abuelo fue falangista, que llevaba la camisa azul, y que durante la guerra se ocultó en un escondite de la casa que construyó en el campo, cuando fueron a buscarle los rojos para matarlo. También le contó que tenía un corazón que excedía del tamaño habitual, aunque nunca tuvo claro si se refería a tamaño físico o humano… de hecho fallecería por un ataque cardíaco... 

Esa casa del campo, esas tierras... Ese hombre amaba aquella tierra, la quería como si fuese su propia vida, y por eso construyó en ellas aquella casa enorme, con sus dependencias y sus cuadras, grabando en la piedra del humilde patio de caballos la fecha de construcción. Durante mucho tiempo, pasó temporadas en ella con su mujer y sus seis hijos, aunque decían que tenía cierto miedo a dormir allí, eran otros tiempos… y por eso hizo una trampilla con escaleras para bajar al tinao sin salir de la casa.  

Cuando falleció, la tierra se fue disgregando, partida entre los varios herederos, y posteriormente en ventas, particiones, segregaciones… Su hija, en su gran cariño y admiración por su padre, hizo un esfuerzo por evitar que aquellas tierras se siguieran fragmentando aún más, y así, tras heredar una porción de ellas de su padre, con sus ahorros y los de su marido, y con muchas estrecheces, compró otro terreno anexo, y cuando falleció su madre, aparte de heredar otra porción, adquirió a los hermanos que aceptaron, la parte de la casa y de las tierras que les correspondía, pidiendo un préstamo hipotecario para pagarlo, e invirtió millones en arreglar la casa para hacerla habitable, como lo era cuando su padre vivía, y pasando de nuevo muchas estrecheces para ir pagando con las ganancias de las cosechas. 

Esa casa y esas tierras de labranza tienen un poder especial que engancha… el caserón sobre la loma, el río pasando a cien metros, las cuadras, las escaleras de madera, los cipreses, la enorme cantidad de palmeras alrededor de la casa, damas de noche, los naranjos, los limoneros, árboles frutales de los que comían todo el año… y así su marido al jubilarse se dedicó a pasar los días completos en aquel lugar, y su mujer, revivía cada fin de semana que dejaba la ciudad para ir allí a descansar, al margen de que fuera una fuente de ingresos para complementar la escasa pensión de jubilación del marido… 

Pero un día, la administración decidió que había que hacer una carretera, e hizo un proyecto, con todas las formalidades legales… y lo publicó a bombo y platillo, organizando una exposición en el pueblo… Y en ese proyecto, esa carretera pasaba por encima de esa casa, y atravesaba las tierras de labranza dejándolas partidas en dos fragmentos, uno a cada lado de la carretera, que las hacían inservibles para su fin… y esa carretera pasaba por encima de los árboles frutales, y de los naranjos que había sembrado toda la familia con sus propias manos y apenas medían un metro aún, o aquellos sembrados años antes que ya eran grandes y empezaban a dar frutos… pasaba por encima de todas las ilusiones de dos personas mayores, y de todos sus intereses económicos, sesgándoles parte de sus vidas… y les decían como consuelo que tal vez con el tiempo lo no expropiado sería urbanizable y podrían recuperar parte de su inversión… porque la administración paga poco y mal, y solo en juicios que duran años se consigue una compensación “justa”, no lo que vale de verdad, ni su valor sentimental…  ¿Es justo quitarle a esa pareja aquello por lo que han luchado media vida? ¿Lo justifica el bien común?

Sus hijos echarán de menos las reuniones para bañarse y hacer barbacoas, y uno de ellos echará de menos tantas cosas, en un lugar que creó su abuelo, y entre ellas, aquel escalón de la entrada, en que ella le decía en broma “no voy a hablar contigo nunca más”.

0 comentarios