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Corazon de segunda mano

Mil disculpas, no fue mi intención...

Una de esas oficinas públicas en la que no suele haber público, valga la redundancia. Entras en la sala y sorprendentemente encuentras unos cuantos funcionarios en sus mesas, mirando hacia los papeles, no están en el segundo desayuno... ignoro si examinan trabajo, el calendario de fiestas, el por qué de la retención de la última nómina o simplemente tratan de decidir si tomarán el café solo o con leche. 

Entras y dices "buenos días", con la intención de llamar la atención, para que alguno te atienda amablemente, pero sorprendentemente, ninguno levanta la cabeza... se masca la tensión en el aire, sus cabezas siguen mirando el papel sin contestar "buenos días", pero esta vez pensando "como conteste yo me como el marrón de atender a éste, a ver si pica otro..." Es un juego de aguante, como cuando de pequeños jugábamos a ver quien aguanta más sin reirse o sin parpadear.

Como ya me había pasado antes, esta vez dije con más fuerza "Buenos días", imposible que no lo hayan oido todos, pero todos siguen con sus cabezas gachas, en un estado de rigidez y angustia casi palpable, ves al fondo un funcionario al que has sorprendido en la puerta del despacho del fondo y trata de disimular desplazándose pegado a la pared, otro se esconde detrás del mueble que nunca se sabe para que está allí.

De repente una chica, poco experimentada, levanta la cabeza, y al tropezar su mirada con la mía, no ve más salida, y al mismo tiempo que palidece pregunta "¿Quería algo?" "No, venía de paseo matutino en ratos ociosos... " pensé. "Solo que me sellara este escrito"... A partir de ahí se inicia la serie de consultas al más experimentado, a la jefa de la sección, y la llamada teléfónica al sindicato pidiendo auxilio.

Cuando cosa tan simple queda realizada, pides mil disculpas "No quise causarle este trauma, señorita, espero que cuente con un buen psicólogo para que la ayude a superarlo algún día, y mi ayuda para lo que se le preste."

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