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Corazon de segunda mano

La cajera de Caja Rural.

Nunca he tenido el don de la simpatía, el don de iniciar una conversación con un desconocido con una frase ingeniosa, espontánea y divertida. Siempre he sido políticamente correcto y educado, simplemente agradable, y a veces, cuando intento hacerme el ingenioso, acabo diciendo una soplapoyez y deseando que me trague la tierra, sin saber si realmente lo ha sido, o es que cualquier cosa que yo diga será considerada por mi como tal.

Por eso, nunca le he dicho nada a mi cajerita de la Caja Rural. Le doy los buenos días, le digo lo que quiero, y mientras cuenta el dinero con la vista baja, aprovecho para observarla a traición, como si en ese momento no pudiera pillarme mirándola a placer, su pelo castaño, cara afinada con esfuerzo, estilo y sus finas manos pasando por los billetes... y su perfecto trasero cuando se levanta y sale de la cabina. En lugar de decir algo de lo que me tenga que arrepentir y averogonzarme cada vez que la vuelva a ver.

A veces se puede confundir timidez con antipatía, conmigo suele ocurrir, así que podría pensar que ella tampoco me ha dicho nunca nada por su timidez, aunque la verdad sea que no me dice nada porque no tiene nada que decirle a cualquier cliente pesado que pase por la oficina y se quede mirándola como un subnormal, porque me conoce pero le importo un bledo. Bueno, al menos, me da que es la más antipática de mis platonías.

 

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