Mi blog: mi dulce condena.
Este lugar es el que he elegido para expulsar fuera de mi las cosas que nunca cuento a nadie en mi vida real, en la que se vive en la calle. Las que antes se quedaban siempre dentro o murmuraba conmigo mismo en la soledad de la vuelta a casa.
Mis sentimientos, humildes y vulgares sentimientos, los de uno más de los billones de seres de este mundo: mis irrelevantes sentimientos. Aquellos que un día cuando ya no esté a nadie importarán, y se olvidarán en el infinito para siempre. Y nadie sabrá que existieron.
Este es el lugar al que me condené hasta que hallara la felicidad, y es la prisión a la que he ido cogiendo cariño con el tiempo. Mi refugio.
Cuando salga a la calle, volveré a tratar de aparentar que soy un triunfador, trataré de ser el más guapo, el más inteligente, el más fuerte, ni un lamento… En la calle nunca seré lo que ves aquí, a nadie dejaré que me tosa, y nadie conocerá mi porca miseria. Puede que haya hasta quien me envidie porque piense que nada me falta, o que me admire o me odie por ello. Absurdo.
Por eso, la regla número 1 de este penal, es que nadie que me conozca debe conocer ni leer este blog. Así, tendré la libertad que proporciona el anonimato. La completa libertad de decir lo que siento, por imbécil que parezca.
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