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No tengo muchas ganas de escribir. Este año ha comenzado muy mal, peor que nunca. Pero todas las cosas malas que me están pasando desde el mismísimo momento que sonaron las doce campanadas las doy por buenas si la peor de todas se soluciona. Todas las acepto de buen grado menos esa. Y es que mi sobrinito de un mes y medio de edad, recién nacido, después de pasar la cuarentena en casa, se puso tan malo que tuvieron que enchufarle decenas de cables para que no se muriera. Y ahí lleva ya una semana ingresado en una Clínica, sin que podamos verlo, pues apenas dejan entrar a los padres y en momentos contados. Y así se me ha olvidado hasta su cara. Pero hoy dicen que el alta está cerca, que puede ser cuestión de días, y que ya respira y come por sí mismo.
Solo le pido a Dios que lo cure del todo, y que no tenga que volver otra vez a una Clínica de esa manera, que sea un niño sano y feliz. Que las demás cosas poco importan en realidad. Que en lo que pueda, prometo velar por ese niño siempre.
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