Sin tener adonde ir (I)
Salía de casa, y me encontré marabuntas de personas yendo hacia el campo de fútbol, con las camisetas, bufandas y demás avíos de su equipo, como el que se dirige a la guerra santa, a la madre de todas las batallas, con el traje de ceremonia, con prisas, nervios y caras desencajadas.
Antes de entrar al campo se agolpaban en una cafetería porque televisaban al eterno rival... y grupos de jóvenes y no tan jóvenes gritaban a coro por la calle, para que todo el mundo se enterase "¡A segunda! ¡A segunda!" Alguno parecía que se iba a extenuar de tanto gritar a pleno pulmón, con tanto nervio. No sé si sabrían que por gritar más, el rival no iba a bajar más rápido.
Me quedé pensando ¡Cuánta gilipoyez! La gente pasa la semana trabajando para comer, y el mayor sentido de sus vidas es que su equipo de fútbol gane el domingo...
No odio el fútbol, me gustaba, y jugaba muy bien, no es pegote, quien me lea sabe que mi autoestima no permite autoadmiración, pero es la verdad, ganábamos campeonatos aficionados, y a mi me seleccionaban entre los mejores de cada campeonato.
Pero ¿no hay cosas más interesantes que hacer un domingo que seguir con la vista una pelota de fútbol? ¿O yo cada día le veo menos sentido a todo lo que me rodea?
Quizá sea porque no estás aquí hoy…
0 comentarios