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Corazon de segunda mano

La vida corre...

Estaba palpando las ruedas de las bicicletas de la estación pública, con el fin de coger una que estuviera medio en condiciones. Justo daba la espalda a la calzada para ver como estaba la rueda de la número 13, cuando detrás mía sonó un estruendoso impacto que me sobresaltó. Me giré lo suficientemente rápido como para ver dos motos y sus ocupantes volando por el aire a cuatro o cinco metros de mi. Se me quedó grabada la imagen de uno de ellos cayendo al suelo mientras se abrazaba al cuello del otro. Me pregunté cómo. entre tanto impacto y vuelo. ambos se habían agarrado el uno al otro antes de caer al asfalto, para terminar impactando con el suelo como a cámara lenta. Uno de ellos se levantó y el otro permaneció tendido, sin poder levantarse, denotando que había quedado lesionado.

Hice ademán de acudir en ayuda, para ver cómo se encontraba el herido, o ayudar a lo que hiciese falta, ya que de hecho, quizá, era el peatón más cercano, pero enseguida bajó gente de los coches, y en segundos había ya tres o cuatro personas alrededor, así que para no ser marabunta, permanecí al margen, y volví a la ceremonia de la elección de la bicicleta.

Aún pude fijarme como en lo que llegaba la ambulancia, paró un vehículo BMW en medio de la vía, y se bajó alguien, posiblemente médico, que al ver un lesionado decidió detenerse para atenderlo. Me pregunté si Blanca hubiera hecho lo mismo, y recordé cuánto odio a los médicos. Me marché en la bici, mientras me cruzaba la ambulancia y el coche de Policía Local que se dirigía al lugar de los hechos.

E iba pensando que la vida se puede esfumar en un segundo, en una simple decisión, en un simple acto, y que puede hacerlo cuando aún nos queden tantas cosas pendientes de hacer que habíamos ido posponiendo, y que ya nunca podremos terminar. Y me preguntaba, pero ¿Y las cosas que desearías hacer pero no está previsto que hagas ni estás destinado a hacerlas? Aquellas que sueñas y no te pertenecen... 

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