Sobre lo que llaman amor (I).
Siento ser yo quien te lo diga. El "gran amor", el que debe enceder y apagar todas las luces del escenario, el que lleva música de fondo en las películas y siempre vuelve de largos viajes, ese mismo... Pues no existe, es un invento. Igual que los Reyes Magos o Papa Noel, igual que todas las cosas buenas... Ya lo dijo José Luis Garci "cuando di mi primer beso, pensaba que habría música de fondo, pero no sonaba nada..."
Cuando era pequeño creía en ese amor, como en el ratoncito Pérez que me cambiaba por monedas los dientes que le dejaba bajo la almohada al acostarme. Pensaba que ese amor existía, que había una persona en otro lugar del mundo, quizá Canadá o Nepal, con la que estaba destinado a encontrarme, y que eso tenía que ocurrir un día, sí o sí, y a partir de entonces todo sería como un cuento.
Esa idea se fue difuminando con los años jóvenes, y por fin un día, cansado de esperar a la princesa irreal, comprendí que aquella no existía o debía haberse fugado con un tunante. La experiencia y el odioso raciocinio, permiten comprender que no existe el amor destinado, sino mujeres "normales", y que una cualquiera de ellas, quizá la que te cruzas cada mañana, sería aquella que, compartiendo defectos y virtudes, se adaptaría al papel de compañera de viaje.
Pero siguió pasando el tiempo y nadie protagonizaba el papel... Un nuevo replanteamiento objetivo, me hizo comprender que no hay amores perfectos ni existe compañera de viajes para mi, que por mi peculiar forma de ver la vida, quizá por mi carácter idealista, tradicional o cobarde, debería pasar mi tiempo solo... y que ahí fuera, solo había un montón de gente llevada por el relativismo, arrastrada por las nuevas tendencias sociales, pasando de una relación a otra, según los intereses que les guían en cada minuto. Que aceptas esas reglas del juego, y ganas las partidas que puedas en el campo que te marcan sin salirte de él, o serás un perdedor, por idealista y soñador.
Por mi natural rebeldía romántica, pasé, y me refugié en mis cosas, en la parte bohemia de mi vida, llena de música, letras, quimeras, y particularidades varias, y ahí me quedé viviendo varios años.
Hasta que un día, todo ese pequeño mundo que me había fabricado sufrió un impacto en la base, haciendo temblar su estabilidad resignada. Y es que al pie de una columna de un lugar que odiaba, y del que trataba de huir en ese momento, conocí a la persona que toda la vida sueñas encontrar. Llámalo con quieras, la mujer de tus sueños, o el amor de tu vida, por la que todo sacrificarías y cambiarías. Así que resulta... que sí existía...
Sinceramente, no creo que haya mucha gente que haya tenido el placer de conocerla, y al menos por eso, me considero privilegiado.
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