Es tan ridículo que te eche de menos.
Atravieso la puerta. Siempre lo hago dirigiendo la vista hacia el fondo. Pero ha llegado el calor, y ya no está. Las sillas están vacías, los espacios se hacen grandes y el tiempo más corto.
Ocupo una mesa, con la misma orientación que si estuviera, conservando el mismo rito, encediendo el mismo cigarro frente a un vaso de cristal y mi amigo rellenando el sudoku.
Ahora pienso qué imbécil por mi parte mostrar tal disposición, cuánto podía incomodaría, y me siento ridículo a toro pasado. Era evidente cuando evitaba mirarme. Y sin embargo no podría evitar volver a hacerlo.
Continuo la conversación, minutos, horas... una copa sucede a otra, el cenicero se va llenando de colillas, pero a diferencia del invierno, al levantar la mirada, no encuentro la suya esquivándome.
Me levanto y pago mi cuenta. Me marcho. Me pregunto si será muy largo el verano. Por qué la echo tanto de menos. Si volverá cuando los días se acorten, y qué será de ella entonces, porque yo sé que seguiré aún igual. Y si aún conservaré la posibilidad de que ocurra un milagro, porque las posibilidades reales nunca las he tenido.
Y después de esto, solo puedo pensar cuan ridículo soy...
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